�ngel estoniano
Estoy en Tallinn, Estonia. Me conecto desde la red del hotel Radisson
que, por una no tan módica cantidad de kroons (aquí no usan euros, como
en la mayoría de este continente de mierda), me cobijó y me proveyó del
servicio.
Tomé el ferry de Helsinki a Tallinn a las 20:15 de ayer, domingo.
Fueron tres horas y quince minutos. Cuando llegué a Tallinn y salí, era
otro mundo, aún cuando están a escasos 200(?) kilómetros, sólo
separados por el Golfo de Finlandia. La gente raramente habla inglés,
no como en Finlandia que hasta el carnal que corta el pasto de la
universidad lo hablaba.
Ayer en la noche salí de fiesta con algunos amigos y, como es mi
costumbre, me fui solo por mi parte. Por ahí de las cuatro de la mañana
me echaron del bar donde estaba, por que iban a cerrar. Fui a caminar
por ahí; hasta donde sabía, la estación de autobuses que me llevaría
hasta la universidad donde se celebraba DebConf5 iniciaba operaciones a
las 5 de la mañana, entonces no sería tan doloroso simplemente esperar
una hora. Le pregunté a un mai que si sabía dónde podía encontrar
comida a esa hora y me dijo que había un ‘grill’ (hamburguejas)
enfrente. Fui y no lo vi, así que seguí caminando y llegué a una
pizzería. Pedí una ‘bolognesa’ y una cerveza Koff, la cual no me la
dieron por que la ley les impedía vender a esa hora. Puto país. Me la
dieron y me fui por la calle comiendo la pizza, como había visto a
mucha gente a esa hora.
Eran como las cuatro y media de la mañana y ya había sol. Caminando, le
iba a preguntando a algunos cómo llegar a la estación de Kamppi, lo
cual hacía para no perder el poco sentido de orientación que todavía
tenía. Llegué a la estación de autobuses como al cuarto para las cinco.
Vi el cuadro que indicaba los horarios: Próximo autobús a Otaniemi,
7:25 am. Me lleva la chingada. ¿Y ahora qué chingados hago durante más
de dos horas? Intenté dormir en la estación pero rápidamente llegó un
poli y me dijo: “It is not good to sleep here”. Ah, chingá. “Why’s
that?”. Y luego de que el poli lo pensó un poco dijo: “It’s against the
rules”. Agr, puto país. “I understand”, me paré y me fui.
Fuera de la estación me fui a centar a una glorietita donde había gente
esperando tomar un ‘taksi’. Me senté, me dió sueño y me acosté. Me
dormí un rato. En la calle, a plena luz del sol, en una glorieta.
Desperté y creí que era hora de ir a la estación pero todavía faltaba
un rato, decidí irme a otro lugar a acostarme. Me moví a otro lugar más
cerca de la estación y me acosté en la banqueta de una especie de lugar
poco transitado. Cuando desperté eran las 7:05. Chido, me fui a la
estación de autobuses y en breve ya estaba trepado en camino hacia la
universidad.
Hoy no estoy en la calle durmiendo. Hoy dormiré en otro país, en un hotel de lujo (creo) con acceso a Internet y minibar.
Pero yendo hacia el punto que me competía en el título de esta entrada:
Cuando llegué a Tallinn todo era completamente diferente. Le pregunté a
un taxista cuánto me cobraría para ir al ‘Old Town’, que era lo único
que sabía previamente sobre Estonia y Tallinn. ‘Sicsti iuros’. ¿Este
carnal cree que le voy a pagar sesenta euros por un puto recorrido de,
seguramente, menos de cinco kilómetros? ‘Sixty or sixteen euros?’.
‘Sixty’. ‘Fuck off’. Caminé un poco y vi una parada de buses. Nótese
que eran las 23:45. A duras penas un carnal me dijo cómo llegar al Old
Town: Tomando el autobús de la línea 2, que pasaba en esa parada. Vi el
horario de llegadas que tiene la parada y el próximo era a las 00:06.
Chido.
Llegó y una doña se subió primero. Le pregunto al chofer: ‘How much?’ y
se quedó con la cara de ‘no mames, no te entiendo un carajo’. Y la
doña, que se sentó en primera fila, y afortunadamente hablaba inglés me
dijo que eran X cantidad de kroos. ‘¡Ups! But I don’t have any kroos,
would he accept euros?’. ‘No, he won’t. You have to change your euros
into Estonian currency’. Chale, el último autobús de la noche, no
quiero volver a dormir en la calle, me armo de valor y le digo: ‘Would
you please be so kind to change some coins to me, please, please,
please?’. ‘Sure’. Abrió su cartera y la doña pagó. ‘¿Cuánto le debo en
euros?’. ‘It’s like just one’. Le dí dos monedas de cincuenta centavos
y me sentí brutalmente agradecido.
Cuando terminó el recorrido me dijo que nos teníamos que bajar, que era
la última parada. Nos bajamos y caminamos un poco, me señaló dónde
estaba el Old Town y a dónde podía ir. Me dijo que si no encontraba un
hostal, podría ir un hostal universitario en no-sé-dónde. Se despidió y
se fue, dejándome en pleno centro comercial de Tallinn.
Mi ángel estoniano es ella. Quizá sin ella aún estaría ahorita, a las
más de las cuatro de la mañana, durmiendo en el puerto de ferries.
Ya pude sacar algo de kroos. Quizá mañana vaya a Latvia, o quizás no. La verdad es que me siento muy solo y ya quiero regresar.

