Odio los grillos
Entro a la interfaz de administración de mi sitio para escribir sobre
cualquier cosa y de pronto aparece el zumbido insoportable de un
grillo. Odio a los grillos. A Gunnar y a Paola le encantan, sobre todo
cubiertos de chocolate o revolcados en chile piquín, ofreciéndolos a
personas con los ojos atónitos al verlos deglutir tales insectos.
El zumbido suena fuertemente, está bastante cerca. Estoy sentado en mi
cama, con la computadora en las piernas y volteo inmediatamente hacia
mi mueblecito donde está la tele y el estéreo: El sonido proviene de
esa esquina. El zumbido continúa. ¿Estará metido entre las desordenadas
torres de discos compactos que tengo sobre el estéreo? ¿O quizás debajo
de la tele? Me acerco aún más con el oído parado en la parte superior
del mueblecito, el sonido insoportable suena muy cerca. Me agacho para
ver si quizás el sonido viene de más abajo, donde tengo otras chunches.
El sonido disminuyó ahí. El grillo está arriba. Volteo hacia arriba,
justo en la unión de mi ventana con la pared, la meritita esquina
noreste de mi habitación. Justo ahí, postrado en las persianas
verticales de mi habitación está el grillo y no deja de emitir el
sonido que me mata, aún cuando hacemos contacto visual. Él ve mis
lentes que lo miran. Yo veo sus antenitas asquerosas moverse. Acudo con
mi padre y le pregunto: “¿No hay Raid?”. Dice que no. Putamadre. Voy a
la alacena de artículos variados del baño, donde yacen las pastas de
dientes, la secadora de mi hermana, el líquido que usa (y yo
irremediablemente algún día usaré) para lubricar sus lentes de
contacto, entre otras cosas. Encuentro un aerosol para evitar polvo y
manchas… O algo así dice la etiqueta. Lo llevo a mi habitación, el
sonido increíblemente sigue ahí, pareciera que el puto grillo se está
burlando de mi desesperanza. Agito. Apunto. Disparo.
El grillo es historia.

